Las manecillas del reloj de cuerda roban los últimos
coletazos a este domingo. Es lo primero que hace desde hace muchos años nada
más entrar en el bar de Pedro. Mirar el reloj heredado de su padre. Siempre le
gustó la vida analógica. Detesta la digital. “Estos tiempos modernos que corren
ahora han mermado el contacto entre las personas, las esencias se han perdido…”
Se le oía refunfuñar continuamente.
Por eso iba todas las noches al bar de Pedro. Ese bar en el
que la amistad estaba a la vuelta de la esquina. Ese bar en que los periódicos
y las fichas de dominó se mezclaban por las mesas a partes iguales. En él, las
paredes apenas se dejaban ver entre multitud de fotografías, fieles banderines
de un largo y añorado pasado. El
ventilador giraba a duras penas calmando, hasta donde le dejaban sus viejas aspas,
el bochorno propio de una noche de agosto. Y la barra… qué decir de ella. Esa
barra añeja, curtida por las vivencias derramadas en ella a lo largo de más de
un siglo. Allí conoció a Rosita ¡cuánto la había querido! Cerró los ojos. Casi
podía sentir el dulce olor que desprendía la primera vez que la vio y se acercó
a ella para invitarla a un Gin Tonic. Parecía que fuese ayer y de eso… hacía ya más de 30 años.
Un golpe en la barra le hizo abrir los ojos. Era Pedro con
su Gin Tonic. Es lo que tiene un bar antiguo, con esencia. El camarero te
conoce de toda la vida y nada más verte ya sabe lo que quieres.
Tras el primer trago le da una larga calada a su cigarrillo.
Es un momento sublime. Y mira a su alrededor. Por unos instantes, es como si el
tiempo se hubiera detenido. La televisión seguía con su eterna banda sonora. Enfrente, Tomás la observaba fijamente,
absorto. Juan, más a la izquierda, jugaba a las tragaperras. Él apoyado en la
barra con su Gin Tonic. Sí, es como si el tiempo se hubiese detenido en su
momento más feliz.
Y como la felicidad valía lo que él pudiera soñar, le gustaba
ir al bar de Pedro. Comprobar cada día que seguía conservando el carácter
acogedor y abierto de antaño. Le gustaba
acordarse de Rosita y preguntarse por qué se cruzan las vidas que se tocan y
luego vuelven a separarse… Le gustaba curtir su alma con recuerdos de días
analógicos que ya no volverían.
Pidió a Pedro otro
Gin Tonic y cogió su cajetilla de Celtas cortos. La noche se aventuraba larga. No quería salir afuera y
toparse de bruces con la maldita vida digital.
Besos de cierre.