Insospechado y silencioso. Pálido y melancólico. Mortecino y desgarrador. Así es lo que ha ocurrido hoy. Y me ha hecho reflexionar. Por eso quiero compartir contigo este poema del maravilloso Mario Benedetti. Se titula "Pasatiempo".
Tenía la sonrisa más bonita que había visto nunca. Su pelo ondulado caía grácil sobre sus hombros. Castaño rojizo, de un brillo intenso si era iluminado por el sol. Unos labios voluminosos, perfectamente dibujados completaban su bello rostro. Aquel vestido acentuaba el contoneo de sus caderas. Por el ritmo de sus pasos, parecía levitar entre la multitud. Era educada, dulce y cariñosa. Estaba hecha de un molde acoplable a cualquier circunstancia y lugar. Soñadora, misteriosa y joven. Tenía una cabeza de muñeca que se podía enroscar perfectamente en cualquier fantasía masculina.
Nadie la vio tragar saliva durante la cena mientras se obstinaba en regalarle su encantadora sonrisa forzada a cada comensal. Nadie la vio, aburrida, mirar una y otra vez el reloj.
Ya no era ni la sombra de lo que fue. Ya no era ni sombra. Había vomitado todas las tardes eficientes. Cada mañana despertaba en el mismo colchón con olor a rancio. Antes de que las manecillas hubieran marcado las doce, ya había huido. En busca de sus sueños. Con nocturnidad y alevosía.
Caminaba ausente. Mis piernas se movían involuntariamente. Primero una, después la otra. Mi cerebro, preso de un maremágnum de sentimientos encontrados, era incapaz de enviar una sola orden al resto de mi cuerpo. En momentos lloraba y en otros reía.
No recuerdo el tiempo que estuve en ese estado. Perdí la cuenta de las veces que había recorrido la estancia de un lado a otro. En todas direcciones. De derecha a izquierda. De izquierda a derecha. Hacia arriba y hacia abajo. Del derecho y del revés. Ninguna señal de la providencia que arrojara un poco de luz a mi vida. Nada. Hasta que al levantar la mirada lo vi. Allí estaba, justo encima de la silla. Repleto de números, cuadrículas y ciclos lunares. Hacía tiempo que lo había perdido de vista. Hacía tiempo que las semanas no comenzaban los lunes ni concluían los domingos. Pero allí estaba él. Esperando ser visto. Esperando a que me percatara de que septiembre ya había llegado. Me resigné a creerlo cuando, al sostenerlo entre mis manos, comprobé que sólo le quedaban tres hojas. Tres simples y jodidas hojas que me golpeaban duro despertándome de un dulce letargo. Sira todo ha pasado ¿no te das cuenta? me decían.
Pasaron los sueños, las escapadas secretas y las interminables noches dibujando nuestro futuro con la ilusión y el coraje que sólo un corazón joven posee. Pasó también el café de media tarde al salir de la Facultad y la librería de la esquina donde tantos atardeceres se nos fueron frente a las estanterías llenas de libros.
Los días se van acortando llevándose retales de una vida. Las horas se van apagando poco a poco. Tristes, cansadas. Al igual que nosotros. Septiembre siempre me recuerda, en cada rincón, que el tiempo pasa. Y yo, esta tarde gris, he tenido que enfrentarme a él. Sin anestesia. Y ha dolido.
La decisión estaba tomada: tiré el calendario en la primera esquina que encontré. No quería volver a vivir aquella tortura cada vez que lo viera. Muerto el perro se acabó la rabia, pensé, sin percatarme de que a la vida y al destino no se les puede engañar. Y menos a nosotros mismos. Estaba cayendo la noche cuando regresé a casa abatida. Sobre la misma silla, había una nota. Decía así: ¿También piensas tirar cómodamente todas las horas, todos los días, todas las semanas que te quedan por vivir?. En la mesa contigua reposaba un calendario nuevo y un rotulador de mi color favorito, el azul. ¿Lo ves? Está ahí encima de la mesa donde acabas de dejar tu café. Después de tanto deambular perdida, creo haber encontrado la solución en esta tarde de septiembre. Sí... septiembre. Una estación de paso que siempre me asfixia. Un mes que siempre me carga con miles de incertidumbres pero, ironías del destino, esta vez me ha rescatado del borde del precipicio.
Señales de la providencia...nunca las pierdas de vista ;)
Noche de insomnio. Alguien está mirando a través de los vidrios empañados. Eres tú. Te abro la puerta acristalada y te dejo entrar. Es una noche lluviosa. Te desabrochas la chaqueta y te acomodas en la butaca roja que alguien me regaló un mes de marzo. Ya estás dentro y, lo más importante, conmigo. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea de la mente. Deja que el mundo que nos rodea se esfume en lo indistinto.
Lentamente surgen interrogantes, deseos, engaños, obsesiones, sueños... Puede que, tal vez, aparezcan la soledad y la angustia. Así, con la lluvia como banda sonora, iremos tejiendo una tela de araña hecha de palabras donde será imposible separar las fronteras de la realidad de las de la ficción (si es que alguna vez éstas se pudieron separar).
Cuando nuestro viaje nocturno esté tocando a su fin, no me iré sin darte antes un beso. Un beso que cerrará el hoy para saludar al mañana. Un beso que sólo terminará cuando uno nuevo empiece. Recuerda que la butaca roja siempre te estará esperando. Un café y cigarrillos sobre la mesa también, no te preocupes. Así será más llevadero eso que nos proponemos esta noche: descongestionar y ensanchar el alma.