Quizá, si no hubiese perdido a su único hermano en la Intifada, no tendría que haberlo hecho.
Quizá tampoco se lo hubiera planteado si no le hubiesen separado salvajemente de su mejor amigo cuando sólo era un niño. Era israelí, le decían. Insuficiente. Nunca logró entenderlo.
Si nunca hubiese tenido que soportar vejaciones a diario, quizá, todo sería diferente.
No ver el fanatismo y la soberbia humana también habría ayudado.
Pero estaba decidido.
Sharîf se arrancó los ojos y los tiró a un abismo.
Abatido, conduce de vuelta a casa. La misma carretera
gastada de cada noche. Aparta la vista del asfalto un momento y, de repente, la
ve ¿Cómo no podía haberse percatado antes de que aún seguía allí? Resistía al
envite de la crisis económica y al inexorable paso del tiempo desde hacía ¿15,
20 años? Imposible pensar con claridad en una noche tan amarga como aquella y
después de tanto tiempo…
La tienda de vinos
Dioniso. Un local pequeño y agradable al que acudía todos los domingos cuando
era más joven antes de partir al pueblo
de su infancia. Siempre le gustaba llevar un buen vino para acompañar las
comidas familiares en aquel pueblo de casas encaladas donde estaba prohibido
usar el claxon del coche o de la bicicleta. Donde jamás hubo petardos en la
verbena de verano ni timbres en las puertas de las casas porque éstas siempre
estaban abiertas.
Entró. Se dijo a sí mismo que era un momento perfecto para reencontrarse con Nicolás, el dueño de la vinoteca.
También para darle un giro a aquella noche que tanto le había abofeteado el
alma y el orgullo. El primer vistazo se fue al mostrador. Se sintió feliz al
ver que Nicolás aún conservaba la lámpara que le regaló uno de aquellos domingos.
Su pelo ya caneaba pero sus ojos seguían destilando el mismo azul intenso que
años atrás.
Descorcharon el mejor Rioja que encontraron y bajo el rótulo
luminoso “Dioniso” lo disfrutaron bajo la luz de la luna. Como nunca antes. Rindiéndole homenaje al Dios del
vino. Ese que, según los griegos, le infundía a sus seguidores una locura tal que les proporcionaba una fuerza extraordinaria. Ese que amaba la exaltación y
el desorden. Ese que moría en invierno y renacía cada primavera.
¿A quién le importaba ya que no hubiese nadie al otro lado de
la puerta?