17 de mayo de 2013

Antón Barreiro

4 de la madrugada. Cierra los ojos. Desde la cubierta puede sentir el olor a salitre del mar embravecido y el frío viento azotando su rostro. Se avecina tormenta. Se persigna, se calza las pesadas botas de agua y se prepara, junto a sus camaradas, para adrizar el Apolo que lucha contra olas coléricas. Ese momento de incertidumbre donde sabes que la suerte está echada, tenía para él algo de solemne, de lección de vida y de aprendizaje.
La tripulación del Apolo está formada por 2 portugueses, 3 gallegos y un andaluz. Y Martín, el capitán. Son sus camaradas. Hombres con los que comparte momentos, sueños y esperanzas envueltas siempre en el humo de un cigarrillo bajo un techo estrellado. Con los que curte su alma a diario. Hombres con los que se aventura en ese lejano oeste sin más armas que su viejo pesquero y su coraje.
Echa la vista atrás. A lo largo de toda su vida ha escuchado en el Apolo lenguas y acentos muy diversos que han ido construyendo su pequeña y particular Torre de Babel. Torre que le servía para asomarse y ver más allá de lo que muchos eran capaces de ver. Recordaba a todos y cada uno de los compañeros que había tenido en tantos años faenando. Los recordaba como personajes de una novela que nunca nadie va a escribir.
Algunos eran callados, cargando siempre con la soledad tan grande del apátrida. Otros, actuaban con la desconfianza del que posee experiencias tristes. Pero todos, absolutamente todos, le habían enseñado a no temer al futuro ni a la vida.
Cuando la noche está tranquila, a Antón Barreiro le gusta evadirse en su camarote con historias de Shakespeare, Joyce o García Márquez. Atesora toda una biblioteca bajo su húmeda y herrumbrosa litera. Al hacerlo, se evade y amputa la realidad. Tiene que hacerlo si quiere seguir vivo en aquel ecosistema inhóspito y solitario, en aquella tierra de nadie sin más superficie para caminar que unos cuantos metros. Le gustaba soñar con disparatadas historias mientras le daba un trago al vino y una calada a su cigarrillo. Hacía falta volverse un poco loco para seguir cuerdo en aquel tiempo de nadie. Soñar era lo que le mantenía con los pies en la tierra cuando el mar rugía a unos palmos de distancia.
Su abuelo quería hacerlo carpintero, como él, pero esa gigantesca masa de agua le atrapó nada más verla.  Sí. Sentía la poética e irresistible atracción entre el marinero y el mar.
Recuerda el primer día que subió a cubierta. Contemplaba el mar con la hostilidad de lo nuevo, acaso de lo extraño, perdido a medianoche. Pero con la esperanza y la fuerza que te da ser joven y tener toda una vida por delante. Con el paso de los años se habituó a vivir en el eterno balanceo de las aguas, a amarrar redes y a entender y querer a Martín, el capitán del barco, que al principio le había parecido tan impenetrable. Amaneceres invernales de frío y sueño. Del corazón en un puño. Del nudo en la garganta. 
Pero ante cualquier adversidad, recordaba a su padre que siempre le decía: “Antón, sólo lo difícil merece la pena. Sólo lo complicado es estimulante”. Y así era. Se crecía ante la adversidad. A pesar de la dureza de muchos momentos, era feliz. Descubrió el territorio de un vasto paraíso: el placer, inédito hasta entonces, de no ir a ninguna parte y sin tener otra compañía que la propia voz en la conciencia. Es algo que todo humano debería probar, se decía siempre a sí mismo.
Antón Barreiro vuelve del mar y lo primero que hace es ir a la vieja taberna del muelle de Maniños para jugar con los viejos del lugar una partida a las cartas. Las tabernas eran verdaderos puntos de encuentro y reunión donde las leyendas marineras y de la vida se derramaban por las mesas como espuma de cerveza. Antón Barreiro siempre recalcaba que nunca había silbado a bordo pues traía mala suerte para la embarcación; tampoco había brindado con sus camaradas. Hacer sonar el cristal de una copa podría provocar el ahogamiento de un marinero cerca de donde se encontrara.
En tierra se volvía el hombre de la multitud.  Andaba náufrago y desdeñado. Sin pertenecer del todo al lugar donde había vuelto. Sentirte un huésped en tu propia casa era una sensación extraña. Su mirada se cruzaba con la de los otros. Con la del músico ambulante, con la del niño que jugaba con una pelota desgastada, con la del tendero de la esquina al que nadie compraba nada. Abría bien los ojos para percibir todas las cosas que la ciudad ofrecía. Abierta a quien sabe mirarla y a quien sabe mirar.
Antón Barreiro practicaba el minoritario placer de no ir a ninguna parte en aquel pueblo pequeño, marítimo y civilizado. Sin grandes bloques de apartamentos como ahora. Donde los forasteros se volvían familiares a los pocos días. De pequeñas casas encaladas, modestas pero dignas. Caminaba por calles angostas donde la gente se saludaba por su nombre y por calles más anchas, llenas de bullicio y puestos ambulantes donde la gente sobrevivía o, quizá, sobremoría. Buscándose la vida como podían entre el ayer y el mañana.
Le gustaba acercarse al astillero y sentir el olor que deja el trabajo de los hombres. Le gustaba pasar por la plaza para ver el corrillo de hombres reunidos en torno a Tomás, el loco, que explicaba la posibilidad de alcanzar la inmortalidad en este mundo. Y todos le seguían porque la locura y el misterio eran las vitaminas que mantenían vivas a aquellas personas de la sombra oscura de la desidia y de los días brumosos y cargados. Contemplaba cómo la gente bajaba la mirada al pasar al lado del mendigo que pedía limosna en la puerta de la iglesia. Parecían querer esquivar el contagioso virus del infortunio. 
De sus lecturas, había aprendido que una ciudad se vuelve un mundo cuando amamos a un solo de sus habitantes. Antón Barreiro los amaba a todos.
Y cuando tocaba regresar al mar se quedaba inmóvil en la cubierta. Desde allí contemplaba cómo el pueblo, inexorablemente, se iba retirando y, aunque seguía viendo los últimos balcones, ya no existía para él. La ciudad se escapaba y el tiempo volvía súbitamente a detenerse. Y todos los días, las semanas, las calles y el mendigo parecían sólo una alucinación de su mente. Desde el Apolo veía las vidas infinitesimales de los hombres. Y se percataba de eso, de lo infinitesimal que resulta la vida de un hombre en el sinfín del universo.

Sentados en la arena, con una temperatura primaveral, les ha sorprendido el ocaso. El niño, absorto y maravillado con los pasos de aquella aventura de su abuelo que se quedaría escrita en su interior para siempre. Acababa de descubrir otro mundo inaccesible para el resto de los mortales hecho de una misteriosa geografía sin límites. Un mundo tan desconocido como los glaciales de la Antártida, habitado solamente por hombres valientes como su abuelo. Y sólo podía pertenecerles a ellos porque en él cualquier otro hombre se encontraría perdido.
El mar se desliza callado allá en lo lejano, las gaviotas giran en el aire. Y el Apolo se aleja mar adentro, lento y soberbio. Orgulloso entre grandes barcos modernos y cruceros de lujo que ahora pueblan el muelle. Antón Barreiro siente en su interior un vacío que le ahoga. Sólo ahora, tan tarde, uno va sabiendo que no hay cosa más triste que el adiós.

Besos de cierre


I Got a Name by Jim Croce on Grooveshark

19 de febrero de 2013

Soldaditos de plomo


Sus pupilas reflejan la imagen de dos velas encendidas esperando ser apagadas por el soplo de un deseo.  La emoción, inevitablemente, aflora a sus ojos llegado este momento cada 11 de marzo. En su interior, la ilusión brota como un torrente contenido por la disciplina forjada a lo largo de los años. Unos años que se habían movido dentro de una expectativa constante: poder hacer realidad su sueño. Eduardo lo guardaba intacto desde niño. Lo había anhelado en cada uno de sus cumpleaños sin perder ni un ápice de fe ni de aquella pueril inocencia. Cierra los ojos y sopla con fuerza sus velas. Hoy, 82.

Cuando se marcharon los invitados regresó a su buhardilla. Descubrió una caja junto a la cama. Al abrirla, encontró toda su colección de soldaditos de plomo de cuando era niño. Una luz cálida invadió la habitación. Una luz lejana, que venía de la niñez y que amaba. Su imaginación se perdía mientras jugaba con aquellos guardianes de la felicidad. Recreó mil batallas e invasiones con sus torpes dedos. Se encontró a sí mismo viajando, viviendo cientos de historias y riendo como un niño.  
Se alegró de no haberse rendido nunca en pos de su deseo. De no afrontar una existencia vestida de lo cotidiano. Él era el guardián de su propia felicidad. En sus pupilas se podía dilucidar toda una vida. Y, al final, la vida se trataba de eso, de buscar cómo y cuándo ser feliz.

Besos de cierre.



Crying by Roy Orbison on Grooveshark