11 de octubre de 2011

La perfecta muñeca

Tenía la sonrisa más bonita que había visto nunca. Su pelo ondulado caía grácil sobre sus hombros. Castaño rojizo, de un brillo intenso si era iluminado por el sol. Unos labios voluminosos, perfectamente dibujados completaban su bello rostro. Aquel vestido acentuaba el contoneo de sus caderas. Por el ritmo de sus pasos, parecía levitar entre la multitud. Era educada, dulce y cariñosa. Estaba hecha de un molde acoplable a cualquier circunstancia y lugar. Soñadora, misteriosa y joven. Tenía una cabeza de muñeca que se podía enroscar perfectamente en cualquier fantasía masculina.
Nadie la vio tragar saliva durante la cena mientras se obstinaba en regalarle su encantadora sonrisa forzada a cada comensal. Nadie la vio, aburrida, mirar una y otra vez el reloj.
Ya no era ni la sombra de lo que fue. Ya no era ni sombra. Había vomitado todas las tardes eficientes. Cada mañana despertaba en el mismo colchón con olor a rancio. Antes de que las manecillas hubieran marcado las doce, ya había huido. En busca de sus sueños. Con nocturnidad y alevosía. 



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