Las gotas de agua golpean las hojas de los árboles. Llueve, aunque, no sabe con precisión desde cuándo. Quizá haga 5 minutos o quizá mucho más. A decir verdad, estaba profundamente sumida en el libro que el día anterior le había regalado su padre. Un libro que le había hecho entrar en un estado de total y profunda abstracción. Se trataba de su primera novela sin dibujos y con letra pequeña. Se acabaron los libros para niños. Cortos, con ilustraciones abundantes y un tamaño de caligrafía que parecía aumentado por una enorme lupa para su fácil lectura. Se sentía feliz y no era para menos: acababa de cruzar el ansiado umbral de las letras grandes a las pequeñas. También el de la niñez aunque, en ese momento, no lo supiera.
Lo tenía claro. El azar siempre está presente a la hora de leer un libro. Pero nunca hubiera imaginado que aquella tarde esta máxima fuera a reproducirse tan fidedignamente en su vida.
Como la protagonista de su novela, se levantó para probar la mermelada de frambuesa que todos los domingos preparaba abuela Margarita para la merienda. Jamás había tenido tantas ganas de sentir en el paladar ese sabor agridulce que tanto le gustaba de su fruta silvestre.
Una cucharada. Otra. Y casi sin terminar la anterior, otra. Así, sucesivamente, iba haciendo su particular camino hacia el placer infinito.
Una cucharada. Otra. Y casi sin terminar la anterior, otra. Así, sucesivamente, iba haciendo su particular camino hacia el placer infinito.
Al regresar a su habitación, se fue quedando lentamente dormida. El cloroformo que su padre le había echado a la confitura empezaba a hacer efecto. La depresión lo había llevado a actuar hasta las últimas consecuencias. Junto con otra sustancia venenosa aseguraba una muerte dulce y sin sufrimiento. También rápida, tal cual describía su novela unas páginas más adelante.
Y así se durmió, feliz. Con un sabor tan dulce en la boca como en el corazón. Abrazada a su ansiado libro mientras las gotas de lluvia golpeaban los cristales de la ventana.
Y así se durmió, feliz. Con un sabor tan dulce en la boca como en el corazón. Abrazada a su ansiado libro mientras las gotas de lluvia golpeaban los cristales de la ventana.
Besos de cierre
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