Por primera vez, al entrar en la antigua librería de Ramón, no había sido ella la que había elegido un libro. Esta vez, fue el libro el que la eligió a ella. “El tiempo envejece deprisa” de Tabucchi se metió en su bolso tras dibujar un movimiento inesperado y silencioso.
Nada más abrirlo: “nubes”. Sí, nubes. Ese era el título del relato que se disponía a leer. Y no pudo evitar viajar 20 años atrás cuando, de niña, le encantaba contemplarlas. Siempre había sentido curiosidad por las nubes. Se podía pasar horas y horas en la vieja butaca del jardín dilucidando sus formas. Formas raras y curiosas. Esta es un cerdo con seis patas y aquella un perro comiéndose una libélula. Y así veía desfilar todo un séquito de animales, números, barcos y coches por el cielo. ¡Qué ejercicio tan creativo y tan mágico! pensó para sí misma.
Y qué añoranza le entró de aquel jardín, de aquella butaca, de aquellas nubes, de aquella lejana niñez.
Dejó el libro sobre la mesa y cogió la caja azul que siempre la había acompañado y en cuya tapa se podía leer: “Recuerdos”. Al destaparla, una ola de tiempos pasados inundó la habitación. Viejas fotos, viejas cartas. Ilusiones perdidas y sueños olvidados. Amigos para siempre separados. Equivocaciones e indecisiones. Travesuras compartidas. Amistades sinceras.
El tiempo era aire y ella lo había dejado exhalar por un agujerito minúsculo del que no se había percatado, le susurró Tabucchi. Pero ¿dónde estaba el agujero?, no era capaz de verlo.
Cerró la caja de los recuerdos y, al subirla al altillo donde iba a empezar a criar polvo, no pudo contener la lágrima que ahora se resbalaba por su mejilla.
Besos de cierre.
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