7 de junio de 2012

dioniso

Y al otro lado de la puerta, nadie.


Abatido, conduce de vuelta a casa. La misma carretera gastada de cada noche. Aparta la vista del asfalto un momento y, de repente, la ve ¿Cómo no podía haberse percatado antes de que aún seguía allí? Resistía al envite de la crisis económica y al inexorable paso del tiempo desde hacía ¿15, 20 años? Imposible pensar con claridad en una noche tan amarga como aquella y después de tanto tiempo…

La tienda de vinos Dioniso. Un local pequeño y agradable al que acudía todos los domingos cuando era más joven  antes de partir al pueblo de su infancia. Siempre le gustaba llevar un buen vino para acompañar las comidas familiares en aquel pueblo de casas encaladas donde estaba prohibido usar el claxon del coche o de la bicicleta. Donde jamás hubo petardos en la verbena de verano ni timbres en las puertas de las casas porque éstas siempre estaban abiertas.

Entró. Se dijo a sí mismo que era un momento perfecto para reencontrarse con Nicolás, el dueño de la vinoteca. También para darle un giro a aquella noche que tanto le había abofeteado el alma y el orgullo. El primer vistazo se fue al mostrador. Se sintió feliz al ver que Nicolás aún conservaba la lámpara que le regaló uno de aquellos domingos. Su pelo ya caneaba pero sus ojos seguían destilando el mismo azul intenso que años atrás.

Descorcharon el mejor Rioja que encontraron y bajo el rótulo luminoso “Dioniso” lo disfrutaron bajo la luz de la luna. Como nunca antes. Rindiéndole homenaje al Dios del vino. Ese que, según los griegos, le infundía a sus seguidores una locura tal que les proporcionaba una fuerza extraordinaria. Ese que amaba la exaltación y el desorden. Ese que moría en invierno y renacía cada primavera.
¿A quién le importaba ya que no hubiese nadie al otro lado de la puerta?

Besos de cierre 


Tarantino by Russian Red on Grooveshark

No hay comentarios:

Publicar un comentario