La tripulación del Apolo está
formada por 2 portugueses, 3 gallegos y un andaluz. Y Martín, el capitán. Son
sus camaradas. Hombres con los que comparte momentos, sueños y esperanzas
envueltas siempre en el humo de un cigarrillo bajo un techo estrellado. Con los
que curte su alma a diario. Hombres con los que se aventura en ese lejano oeste
sin más armas que su viejo pesquero y su coraje.
Echa la vista atrás. A lo largo
de toda su vida ha escuchado en el Apolo lenguas y acentos muy diversos que han
ido construyendo su pequeña y particular Torre de Babel. Torre que le servía
para asomarse y ver más allá de lo que muchos eran capaces de ver. Recordaba a todos
y cada uno de los compañeros que había tenido en tantos años faenando. Los
recordaba como personajes de una novela que nunca nadie va a escribir.
Algunos eran callados, cargando
siempre con la soledad tan grande del apátrida. Otros, actuaban con la
desconfianza del que posee experiencias tristes. Pero todos, absolutamente
todos, le habían enseñado a no temer al futuro ni a la vida.
Cuando la noche está tranquila, a
Antón Barreiro le gusta evadirse en su camarote con historias de Shakespeare,
Joyce o García Márquez. Atesora toda una biblioteca bajo su húmeda y
herrumbrosa litera. Al hacerlo, se evade y amputa la realidad. Tiene que
hacerlo si quiere seguir vivo en aquel ecosistema inhóspito y solitario, en
aquella tierra de nadie sin más superficie para caminar que unos cuantos
metros. Le gustaba soñar con disparatadas historias mientras le daba un trago
al vino y una calada a su cigarrillo. Hacía falta volverse un poco loco para seguir
cuerdo en aquel tiempo de nadie. Soñar era lo que le mantenía con los pies en
la tierra cuando el mar rugía a unos palmos de distancia.
Su abuelo quería hacerlo
carpintero, como él, pero esa gigantesca masa de agua le atrapó nada más verla. Sí. Sentía la poética e irresistible
atracción entre el marinero y el mar.
Recuerda el primer día que subió
a cubierta. Contemplaba el mar con la hostilidad de lo nuevo, acaso de lo
extraño, perdido a medianoche. Pero con la esperanza y la fuerza que te da ser
joven y tener toda una vida por delante. Con el paso de los años se habituó a
vivir en el eterno balanceo de las aguas, a amarrar redes y a entender y querer
a Martín, el capitán del barco, que al principio le había parecido tan
impenetrable. Amaneceres invernales de frío y sueño. Del corazón en un puño.
Del nudo en la garganta.
Pero ante cualquier adversidad,
recordaba a su padre que siempre le decía: “Antón, sólo lo difícil merece la
pena. Sólo lo complicado es estimulante”. Y así era. Se crecía ante la
adversidad. A pesar de la dureza de muchos momentos, era feliz. Descubrió el
territorio de un vasto paraíso: el placer, inédito hasta entonces, de no ir a
ninguna parte y sin tener otra compañía que la propia voz en la conciencia. Es
algo que todo humano debería probar, se decía siempre a sí mismo.
Antón Barreiro vuelve del mar y
lo primero que hace es ir a la vieja taberna del muelle de Maniños para jugar con
los viejos del lugar una partida a las cartas. Las tabernas eran verdaderos puntos
de encuentro y reunión donde las leyendas marineras y de la vida se derramaban
por las mesas como espuma de cerveza. Antón Barreiro siempre recalcaba que nunca
había silbado a bordo pues traía mala suerte para la embarcación; tampoco había
brindado con sus camaradas. Hacer sonar el cristal de una copa podría provocar
el ahogamiento de un marinero cerca de donde se encontrara.
En tierra se volvía el hombre de
la multitud. Andaba náufrago y
desdeñado. Sin pertenecer del todo al lugar donde había vuelto. Sentirte un
huésped en tu propia casa era una sensación extraña. Su mirada se cruzaba con
la de los otros. Con la del músico ambulante, con la del niño que jugaba con
una pelota desgastada, con la del tendero de la esquina al que nadie compraba
nada. Abría bien los ojos para percibir todas las cosas que la ciudad ofrecía.
Abierta a quien sabe mirarla y a quien sabe mirar.
Antón Barreiro practicaba el
minoritario placer de no ir a ninguna parte en aquel pueblo pequeño, marítimo y
civilizado. Sin grandes bloques de apartamentos como ahora. Donde los
forasteros se volvían familiares a los pocos días. De pequeñas casas encaladas,
modestas pero dignas. Caminaba por calles angostas donde la gente se saludaba
por su nombre y por calles más anchas, llenas de bullicio y puestos ambulantes
donde la gente sobrevivía o, quizá, sobremoría. Buscándose la vida como podían
entre el ayer y el mañana.
Le gustaba acercarse al astillero
y sentir el olor que deja el trabajo de los hombres. Le gustaba pasar por la
plaza para ver el corrillo de hombres reunidos en torno a Tomás, el loco, que
explicaba la posibilidad de alcanzar la inmortalidad en este mundo. Y todos le
seguían porque la locura y el misterio eran las vitaminas que mantenían vivas a
aquellas personas de la sombra oscura de la desidia y de los días brumosos y
cargados. Contemplaba cómo la gente bajaba la mirada al pasar al lado del
mendigo que pedía limosna en la puerta de la iglesia. Parecían querer esquivar
el contagioso virus del infortunio.
De sus lecturas, había aprendido
que una ciudad se vuelve un mundo cuando amamos a un solo de sus habitantes.
Antón Barreiro los amaba a todos.
Y cuando tocaba regresar al mar
se quedaba inmóvil en la cubierta. Desde allí contemplaba cómo el pueblo, inexorablemente,
se iba retirando y, aunque seguía viendo los últimos balcones, ya no existía
para él. La ciudad se escapaba y el tiempo volvía súbitamente a detenerse. Y
todos los días, las semanas, las calles y el mendigo parecían sólo una
alucinación de su mente. Desde el Apolo veía las vidas infinitesimales de los
hombres. Y se percataba de eso, de lo infinitesimal que resulta la vida de un
hombre en el sinfín del universo.
Sentados en la arena, con una
temperatura primaveral, les ha sorprendido el ocaso. El niño, absorto y maravillado
con los pasos de aquella aventura de su abuelo que se quedaría escrita en su
interior para siempre. Acababa de descubrir otro mundo inaccesible para el
resto de los mortales hecho de una misteriosa geografía sin límites. Un mundo
tan desconocido como los glaciales de la Antártida, habitado solamente por
hombres valientes como su abuelo. Y sólo podía pertenecerles a ellos porque en
él cualquier otro hombre se encontraría perdido.
El mar se desliza callado allá en
lo lejano, las gaviotas giran en el aire. Y el Apolo se aleja mar adentro,
lento y soberbio. Orgulloso entre grandes barcos modernos y cruceros de lujo
que ahora pueblan el muelle. Antón Barreiro siente en su interior un vacío que
le ahoga. Sólo ahora, tan tarde, uno va sabiendo que no hay cosa más triste que
el adiós.
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