Sus pupilas reflejan la imagen de
dos velas encendidas esperando ser apagadas por el soplo de un deseo. La emoción, inevitablemente, aflora a sus ojos llegado este momento cada
11 de marzo. En su interior, la ilusión
brota como un torrente contenido por la disciplina forjada a lo largo de los
años. Unos años que se habían movido dentro de una expectativa constante: poder
hacer realidad su sueño. Eduardo lo guardaba intacto desde niño. Lo había
anhelado en cada uno de sus cumpleaños sin perder ni un ápice de fe ni de aquella
pueril inocencia. Cierra los ojos y sopla con fuerza sus velas. Hoy, 82.
Cuando se marcharon los invitados
regresó a su buhardilla. Descubrió una caja junto a la cama. Al abrirla,
encontró toda su colección de soldaditos de plomo de cuando era niño. Una luz
cálida invadió la habitación. Una luz lejana, que venía de la niñez y que
amaba. Su imaginación se perdía mientras jugaba con aquellos guardianes de la
felicidad. Recreó mil batallas e invasiones con sus torpes dedos. Se encontró a
sí mismo viajando, viviendo cientos de historias y riendo como un niño.
Se alegró de no haberse rendido
nunca en pos de su deseo. De no afrontar una existencia vestida de lo
cotidiano. Él era el guardián de su propia felicidad. En sus pupilas se podía
dilucidar toda una vida. Y, al final, la vida se trataba de eso, de buscar cómo
y cuándo ser feliz.
Besos de cierre.
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